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por Mgter Hildegarde Kochman

El deseo de casarse o vivir en pareja puede existir en la mente de una persona desde muy niño ya que observando a sus padres ó a las personas a su alrededor, queda la imagen de una pareja adulta que convive o tiene la función de cuidarlo desde niño.  Se dice que la primera “pareja” de un niño es su madre porque es quien le facilita su vida esos primeros meses y años de vida.  Esa díada madre-hijo(a) es una relación sumamente importante no solo para la sobrevivencia del infante sino para el desarrollo psíquico de esa persona que ya existe en el niño ó niña.

Si todo sale bien y este niño recibe los cuidados y las gratificaciones   que ha necesitado y el ambiente materno es lo suficientemente bueno, y este se mantiene bastante estable, este niño ó niña tendrá lo que necesita para su desarrollo psíquico, que es poder contar y asegurar una atención, un ser con quien interactuar, y una relación temprana satisfactoria.  Este contacto de piel a piel y a través de la experiencia oral que la madre hace posible, no solo para alimentar sino también para calmar y trasmitir confianza y amor, va introduciendo en la mente del niño lo que se siente bien y cómo obtenerlo.  Es probable que haya momentos de frustración y que no siempre la atención llegue de inmediato.  No obstante, si la atención llega, la experiencia todavía puede ser buena.  Si la atención no llega, es deficiente, o negligente, si la madre o cuidadora no está al servicio de las necesidades del bebé, se va creando en éste un sentimiento de abandono o de rechazo y hasta de muerte.  Si estos sentimientos se repiten a menudo, si frecuentemente se descuidan los llamados del infante, si el niño no recibe el sostén de su ambiente para darle una esperanza de sentirse amado, esto puede resultar en sentimientos de desconfianza y vacío producto de la falla por la constancia de la madre y su atención. Esto es elemental durante los primeros meses y continúa a través del tiempo en menor cuantía pero requiriendo una constancia en el apoyo tanto de la madre como del padre. 

El intercambio y la constancia con que se mantiene el afecto, la respuesta a las necesidades, la cercanía emocional y el apoyo va creando las condiciones para que se establezca un apego de naturaleza segura.   Si se dan separaciones frecuentes, o una separación muy temprana en la relación materna o con su cuidador principal, y no hay constancia en la satisfacción de necesidades, el apego se puede tornar inseguro.   El apego va a tener un efecto influyente a la hora de unirse con una pareja ya que esto determinará cómo regulan la cercanía y las separaciones transitorias.

 Cuando el niño o niña va creciendo, su relación con sus figuras significativas se va convirtiendo en una relación de menos dependencia lo que requiere que se le brinde más autonomía para forjar su propia identidad y creer en sí mismo(a).  Esta identidad no es más que lo que ha aprendido de sus padres y familiares y personas significativas más cercanas pero que ya se ha asimilado dentro de una nueva identidad.  En el lenguaje psicológico, esta consolidación de identidad es considerada como un sano intento de crecimiento, de individuación, de apropiación de un sí mismo, con su propia personalidad, gustos y deseos.  No obstante, el modelo mental de pareja y familia que tuvo permanece en la mente del niño y niña que ahora creció.  El trato, las atenciones,  el amor y la demostración de cariño hacia el niño o niña aunado a la relación de la pareja madre-padre y la interacción entre ellos, cuánto apoyo existe entre ambos y el estado emocional de cada uno de ellos, son todas vivencias que resultan en la experiencia individual y personalidad de cada persona al llegar a adulto.

¿Por qué es esto tan importante?  La relación de pareja es la búsqueda de una persona que nos complemente, con quien encajar en nuestras expectativas de amor y satisfacción como las hemos internalizado durante nuestra vida, empezando por la relación primaria y a través de nuestras relaciones familiares y extendidas. 

La elección de pareja no es casualidad ni ocurre en un  vacío, sino que nos sentimos atraídos a personas con quienes compartimos algo de nuestra historia, que sentimos que la otra persona nos va a comprender por compartir algunos aspectos similares, nos va a aceptar y llenar nuestras carencias y necesidades de intimidad. Nos enamoramos del ideal de la persona, de una parte que se parece a la nuestra, e ignoramos los aspectos menos deseables, los rechazados en nosotros y en los demás. 

Estudios por Dicks (1967) concluyeron que en los cónyuges existe un grado de encaje entre sus sistemas de relaciones internalizadas y sus partes tanto a nivel consciente como a nivel inconsciente. Encontrar a alguien como uno con quien encajar ha sido entendido como un fenómeno de “complementariedad inconsciente” y que es un aspecto que va más allá de la similitudes aparentes, clase social, educación, valores éticos y morales y afinidad cultural y religiosa. 

Un autor destacado ha dicho que nos casamos para crecer y otro opina que cuando nos casamos, abrimos los ojos.  Pensemos en esto y reflexionemos sobre cómo cambió la relación desde que nos casamos.  Es posible seguir adelante en momentos de crisis, siempre y cuando exista la disposición de aceptar que la pareja es un asunto de dos, que existe una parte nuestra complementaria en la parte del otro, y que hay que reconocer cómo se entrelazan las personalidades tanto para satisfacerse como para chocar.  La pareja que siente que no logra resolver sus dificultades necesita estar dispuesta a buscar la ayuda profesional para intentar comprender estas dificultades dentro del marco de los mundos internos de cada uno.  Este paso no sólo contribuirá a la resolución de problemas sino que podrá ser determinante en el crecimiento como personas, un proceso que durará toda la vida.